Los nombres de las calles de una ciudad son, a menudo, un reflejo de su historia. Sin embargo, hay algunas que pasan más desapercibidas que el resto. El caso de la calle San Pablo, que según el cronista oficial de Logroño, Jerónimo Jiménez, es una de las rúas más antiguas de Logroño, es un ejemplo de ello.
La ubicación de esta arteria ha servido en tiempos modernos para conectar El Sotillo, lugar de tratos de ganado y ferias a principios de siglo junto al río Ebro, con el casco antiguo de la ciudad.
Sin embargo, cuando la capital riojana aún conservaba sus murallas, era un callejón paralelo al de Zurrerías, desaparecido tras la creación de la calle Sagasta.
La calle San Pablo se ubica en el entorno urbano más antiguo de la ciudad, aunque su historia arrancará con el derribo de la antigua cárcel del siglo XVI hacia 1903. Con la demolición de aquel edificio penitenciario, desapareció también el antiguo callejón de la Cárcel. Además, en 1935, se incendió el edificio contiguo a la prisión, que era usado como carpintería, aunque también afectó a un trujal cercano.
Estas antiguas construcciones fueron derribadas un año más tarde, permitiendo crear una plaza y ensanchando la calle San Pablo. Además, en ese entorno, emergió uno de los elementos más destacados de este lugar, como fueron los restos de un refuerzo de las murallas del siglo XVII, pese a que una parte de ellos fueron derribados con la edificación. Antes del siglo XVI, en este solar se ubicó el claustro de la antigua iglesia de Santiago.
Estos restos estaban construidos sobre la roca, con dos líneas de muralla, una de ellas en forma de baluarte, que defendió a la ciudad en momentos clave, como la Guerra de la Independencia. Este lienzo de muralla desapareció en 1862, en el momento en que se produce la orden de derribo de las murallas. Es en esa época cuando la calle San Pablo se convirtió en el acceso principal al Sotillo del Ebro.
En la década de los años 90 del pasado siglo, toda la plaza fue reurbanizada por el Ayuntamiento. En el desarrollo de esas obras, los restos de la muralla quedaron enterrados bajo el pavimento y se colocó en la zona uno de los elementos más destacados de esta plaza, como es el juego de la oca, diseñado por Gerardo Cuadra y Raúl Gonzalo.