"Esta enfermedad me ha hecho perder mi vida y mi identidad"

David Hernando Rioja
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La enferma por covid persistente, Raquel Castellet, fue diagnosticado en 2023 después de sufrir una cefalea muy fuerte y problemas cognitivos. Sus vida social y familia se han visto resentidas

La enferma de covid persistente, Raquel Castellet, sentada y pensativa - Foto: Óscar Solorzano

«Esta enfermedad me ha hecho perder mi vida. No soy la misma, ya que he perdido mi identidad», lamenta la enferma de covid persistente, Raquel Castellet. Esta patología se la diagnosticaron en 2023 pero la sufre desde antes.

Este duro camino empezó cuando se hizo una prueba de Covid-19 en casa que le salió positiva y con un fuerte dolor de cabeza que le provocó querer desmayarse para dejar de sufrir, y para el que los médicos solo le dieron un analgésico. «Era una cefalea muy potente con la que me molestaban la luz y los sonidos», recuerda.

Las semanas posteriores a eso estaba muy cansada, me dolían mucho las piernas y empecé a tener más adelante todavía más síntomas. «Me pasaba en la cama toda la tarde y toda la noche, y al día siguiente iba al colegio a trabajar. Yo pensaba que necesitaba unas vitaminas, que solo estoy cansada por del covid», reconoce.

Castellet también estaba preocupada porque un día estuvo buscando su coche en el parking del Centro comercial Berceo durante 25 minutos, a pesar de que «siempre recuerdo donde aparco el coche». Fue al médico para contarle todos estos problemas y la mandó al neurólogo, donde le descubrieron un deterioro cognitivo leve que se concretaba con pérdida de memoria y mucha niebla mental.

«Empiezas a observarte, a recordar y a darte cuenta de errores que suelen tener personas mayores cuando empiezan con temas de demencia. Es muy duro enfrentarse a eso», asegura esta afectada.

Castellet ha trabajado mucho desde que se le comunicaron para poder mejorar y tener una mejor calidad de vida. Destaca la labor y el esfuerzo que ha hecho en la rehabilitación cognitiva, ya que «sin ella no podría tener una conversación grupal». El covid persistente ha provocado que «las interrupciones jocosas me produzcan interferencias que me sacan de la conversación», lamenta.

Esta situación ha hecho que esta mujer haya tenido que marcharse de conversaciones llorando porque «no podía seguirlas». «Aunque ahora utilizo mis propias estrategias», destaca.

Estas estrategias le han permitido interactuar socialmente pero «el problema es que tu vida social desaparece por culpa de esta enfermedad». La fatiga que supone la concentración de una conversación o el ruido ambiente de un lugar son factores que «hacen que las relaciones sociales se vean afectadas desde el principio».

Las relaciones se estropean porque no puedes realizar las actividades que antes llevabas a cabo con amigos o familia. «No puedes irte de cena con nadie a un restaurante o a una bodega, por ejemplo», detalla.

Familia. Esta enfermedad no solo afecta a los pacientes, sino a las personas que hay a su alrededor. Raquel Castellet asegura que «el cuidador sufre un montón porque no estás en su vida ni en la de la gente con la que compartías tu vida». «Necesita ayuda y tener sus desahogos porque su vida tampoco es la que era. Mi marido hace todo por mí y solo con verme sonreír es feliz», cuenta con los ojos llorosos.

Sus dos hijos, de 13 y 18 años, tampoco han tenido un camino fácil. Su marido y ella siempre han sido padres «muy presentes» pero «mis hijos llevan un año y medio disfrutando únicamente de un padre muy presente», reconoce.

Esta madre lamenta que no ha podido estar presente en muchos momentos, una situación que ha llevado «muy mal». «Desaparecer de sus vidas durante días es duro, ya que un adolescente necesita a sus padres. El problema es que no estás para charlas, dar consejos o reñir, algo demoledor para un padre o una madre», indica.

La parte positiva es que su mejoría de los últimos meses le ha permitido estar «medianamente presente» en su vida familiar nuclear. «Ahora digo que tengo media vida», concluye.