Ernesto Fernández no solamente es uno de los protagonistas del documental La flor del almendro, sino que le tocó vivir de cerca esta dura realidad. Ahora, Fernández puede relatar su historia desde «la distancia del tiempo» ya que ha podido transformar el dolor y ya no habla desde el odio, sino desde ese resentimiento que todavía le queda tras todas las historias que conoce. Pero sobre todo, habla desde la necesidad de contar lo que muchas otras personas no pudieron y lo que iban susurrando las personas mayores del pueblo con el temor de ser escuchados.
Durante muchos años, Ernesto era consciente sobre lo que no debía decir. Había mil historias por contar, iban y venían, pero a él le llegaban como un secreto transmitido de generación en generación, pero sin derecho a ser compartido. «Yo lo sabía todo porque me lo contaban, pero tenía que callar porque no se podía hablar», recuerda. El miedo era un huésped silencioso en cada uno de los hogares, una sombra que se podía percibir en cada una de las conversaciones truncadas y en las miradas esquivas. Los ancianos del pueblo le contaban lo que había ocurrido, pero siempre con la advertencia de que guardara silencio. Y así, por décadas, la historia quedó atrapada en las gargantas de quienes sobrevivieron, sin ser transmitida, sin ser escrita y condenada al olvido.
En la actualidad lo único que queda son los testimonios de algunas de las cartas escritas de los asesinados en los días previos a su muerte. Cartas donde la esperanza todavía estaba presente y escritas desde la cárcel con la ingenua creencia de que pronto recuperarían la libertad y volverían a ver a sus familias, sin saber que a la noche les iban a llevar en grupos y nunca regresarían. «Pronto nos darán la libertad», «recuerdos a la familia», «nos vemos pronto», son algunas de las frases que recuerda Fernández haber leído en alguna de esas cartas.
Fue en 1979, cuando Ernesto tuvo que enfrentarse cara a cara con esa memoria enterrada ya que formó parte de las exhumaciones que comenzaron en Alcanadre y otros municipios de los alrededores. Este municipio fue uno de los primeros lugares donde se sacaron a la luz los cuerpos de los fusilados del franquismo. En su momento, Fernández cuenta que llegó a viajar hasta el archivo de Estella en busca de respuestas, pero apenas quedaban rastros oficiales de lo sucedido. Y lo único que encontró fueron los registros de aquellos prisioneros que creyeron que iban a salir en libertad, pero en realidad esta libertad era un viaje sin regreso.
«Aquí, en Alcanadre hubo una verdadera masacre, aunque en La Rioja no hubo ningún frente. Se asesinó por asesinar», afirma con tristeza. Por eso considera esencial contar la historia para que los jóvenes sean conscientes de lo que ocurrió y luchen para evitar que vuelva a suceder. Y sobre todo para que no se olvide, porque la memoria, cuando se guarda en silencio, muere con quienes la vivieron.