Aunque la vida monástica siempre ha sido minoritaria, hoy en día todavía pervive este estilo de vida marcado por el recogimiento, la oración y el servicio. La región está compuesta por un total de 61 comunidades religiosas, a las que pertenecen alrededor de 474 monjas y monjes. En este sentido, la presencia de la vida consagrada en La Rioja se distribuye de la siguiente forma: tres institutos seculares femeninos, dos sociedades de vida activa femenina, 28 comunidades de religiosas y 15 de religiosos de vida activa. A estas cifras se suman 13 comunidades contemplativas, de las cuales 12 son de monjas y una de monjes, la del Verbo Encarnado del Monasterio de Valvanera.
A pesar de la devoción de estas comunidades, la tendencia apunta a un descenso progresivo ya que cada vez es menor el número de personas que deciden seguir este camino. En los últimos años, tres congregaciones (jesuitas, marianistas y franciscanos) dejaron la región y por lo menos dos conventos (Clarisas de Entrena y El Carmen de Calahorra) tuvieron que cerrar sus puertas.
Entre colinas y naturaleza, silencio y tranquilidad, se alza el Monasterio Cisterciense Nuestra Señora de Vico donde 13 monjas, desde los 28 hasta los 87 años, han elegido vivir una vida alejada del resto de la sociedad. Su día a día transcurre entre la oración y las distintas labores manuales como la repostería, hacer jabones o cremas, y decorar porcelana. Además de gestionar la hospedería del monasterio, un espacio que recibe más visitantes durante el verano y Semana Santa, pero que en invierno permanece más tranquilo.
La abadesa del monasterio, Isabel Rivero, es consciente de que el número de religiosas y religiosos que conforman la comunidad cada vez es menor, pero también explica que «al no responder a una necesidad concreta, permanecen siempre en el tiempo». Por ello, su compromiso con la oración y el trabajo sigue intacto. Aunque es cierto que han tenido que adaptarse con el tiempo, un ejemplo de ello es la forma en la que han llevado su repostería más allá de los muros del monasterio, vendiendo sus productos a través de Internet. De esta forma han conseguido que la tecnología sirva como puente entre tradición y modernidad sin tener que renunciar a su estilo de vida.
A pesar de que el futuro puede resultar incierto, quienes han elegido este camino confían en su continuidad. «En un futuro, esta comunidad seguirá permaneciendo», afirma la abadesa con seguridad y convicción, porque su razón de ser depende de la fe que, a pesar de todos los cambios, sigue iluminando su camino.
Vivencia. Carmen Abad hace 58 años que sintió la llamada de Dios y decidió seguir lo que dictaba su corazón. «Siempre me gustó el silencio, la soledad y la naturaleza», confiesa, pero su vocación nació al sentir una profunda necesidad por ayudar a los demás por lo que encontró en la clausura y en la vida contemplativa la plenitud. Explica que cuando era más joven solía pasar las tardes de los domingos visitando a los enfermos porque «la gente estaba muy sola, incluso más que ahora», pues en esos tiempos era «otro tipo de soledad». «Siempre he pensado que hay que hacer algo por los demás. En esta vida no hay que ser egoísta, tú sola no puedes hacer nada», expresa.
Desde el monasterio, su misión es interceder por el mundo, rezar por quienes lo necesitan,aunque jamás conozcan sus nombres. «Ahora nos llaman muchos grupos de oración o retiro como Effetá o Emaús para pedirnos que recemos por ellos. Esa es nuestra misión, pedir por los demás», señala.
A pesar de que cada día en el monasterio puede ser igual al anterior, algunas de las monjas aseguran que «no da tiempo a caer en la rutina» y que «cada mañana es diferente». Abad explica con una sonrisa que su jornada empieza desde muy temprano: «El primer rezo es a las 5 y media de la mañana». Seguido de una hora de lectio divina, la lectura y la meditación de la Sagrada Escritura. «Cogemos una frase y la vamos rumiando durante todo el día. Esto nos alimenta espiritualmente», explica por lo que a diario deben elegir una frase que les llame la atención para «repetirla durante todo el día y que sirva como contacto con Dios».
El resto del tiempo, lo dedican a las eucaristías, las diferentes labores que llevan a cabo, la oración y la vida en comunidad. Y aunque pueda parecer que la vida monástica está exenta de dificultades, Carmen destaca que la convivencia exige de paciencia y humildad. «La vida en comunidad es muy bonita porque se comparten las alegrías y las penas, pero cada una tiene que aguantar los gustos y manías de las demás, y viceversa», indica subrayando que aun así tienen un propósito en común: «caminar hacia Dios».
Sin embargo, para Abad lo esencial es aceptar la vida con gratitud. «Tenemos que florecer allí donde Dios nos ha plantado. Cada uno tiene que florecer en su trabajo, y yo aquí», comenta con una sonrisa y aclarando que con este concepto se refiere a «dar la vida poco a poco, entregándote a los demás».En su caso, la base de todo es Dios, pero ejemplifica que hay monjas que «de alguna forma tienen una compensación humana» en su labor en los colegios u hospitales.
Aisladas, pero no ajenas, las monjas de Vico siguen conectadas con el exterior a través de la abadesa que es quien les informa de todo lo que sucede más allá de las paredes del monasterio. Además, reconoce que es inevitable que el avance tecnológico esté presente también en el monasterio: «La tecnología no solo ha cambiado el mundo, aquí también hemos avanzado. Antes ayudaba con las cuentas y hacía cheques, pero ahora es todo por transferencia». Por este motivo, añade que a pesar de no entenderla ni necesitarla, hoy en día el ordenador es imprescindible.
Además, desde la distancia, sienten el sufrimiento del mundo:«Vivimos en un mundo terrible, lleno de guerras, no hay que pagar la violencia con más violencia». Pero en su entrega silenciosa, encuentran su mayor recompensa: Dios. «Ni Dios ni la vocación se pueden explicar. Es algo que se siente en el interior. Él es quien te llama y te da la fuerza. Si no fuera así, no duraríamos ni medio día aquí», apunta sin dudar de que está en el lugar correcto y segura de la decisión que tomó con 26 años.
Hoy, los tiempos han cambiado, y aunque no resulta tan frecuente que se incorporen nuevas monjas, las que deciden tomar este camino lo hacen con un bagaje diferente: «Ahora todas tienen una carrera. Las que tenemos muchos años admiramos sus conocimientos, y ellas nuestra sabiduría, es distinto».
Entre los muros de Nuestra Señora de Vico, estas trece mujeres que dedican su vida a Dios a través de la oración, el servicio y la comunidad, encuentran en su vocación un camino de amor inquebrantable donde «lo primero es Dios, lo segundo es Dios y lo tercero, también es Dios».